¿Quién paga?

No sé cómo el próspero negocio de la explotación sexual comercial no ha quebrado en Panamá. De todos los hombres con los que he intercambiado alguna conversación sobre el asunto, ninguno declara haber pagado jamás por trabajo sexual. ¿Qué raro, no? Con tan poca clientela es casi un milagro que tal actividad siga en pie. Eso está igual que los testimonios de los que han peleado a los puños. Uno se pregunta a dónde estarán los que pierden las peleas, porque los que narran su versión de la historia resulta que siempre la han ganado. A juzgar por los miles de testimonios que he colectado en la vida, no he conocido a ningún tipo al que le hayan dado guante y a ninguno que haya pagado por sexo.
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