La creación de un mundo

Cuando leí Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, era una niña. Le presté atención a cada detalle y recuerdo que cuando narró la escena en la que Luisa Santiaga aferró la mano de su hijo para atravesar a toda velocidad una plaza, pude sentir la angustia, el carácter y la mano huesuda de mi propia madre y me dije: esta mujer es la madre del escritor. Muchos años después, cuando me obsequiaron Vivir para contarla, el autor revela que Luisa Santiaga era su propia madre y él era el chico al que arrastraba de la mano. Sonreí satisfecha, no por haber adivinado, ni que fuera gran vaina, sino por afirmarme una fe en la literatura. Para mí, el triunfo de la literatura -como el de la música- no es vender libros y discos, sino alcanzar el poder de colocar al otro en el estado emocional del autor o autora de la obra. Además de la difícil tarea de crear un mundo, lograr que otros puedan entrar a él. Algunas pocas veces hay quienes lograron más: que los otros interiorizaran este mundo fugaz eternamente. Quienes llegan a crear eternidades ya pasaron al nivel de diosas y dioses, aunque seguramente ni les importe o nunca se dieron cuenta, como Van Gogh o Bizet.
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