La edad de la inocencia

1980.  Mi abuela entró a la tienda del barrio y se puso a mirar los periódicos que estaban a la venta. La tienda estaba llena y el dueño salió a regañarla a toda voz: "Oiga doña, pague el periódico si quiere leerlo!" Mi abuela le dijo que ella no lo lo estaba leyendo y él volvió a emplazarla: "Claro que lo está leyendo sin haberlo comprado". Entonces mi abuela le aclaró: "Yo no estoy leyendo joven, porque yo no sé leer, yo sólo estaba mirando los monicongos"... Uf! Casi linchan al tipo por insensible, y mi abuela se retiró sonriendo porque ella era escritora, pero allí nadie lo sabía.
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1981. Era verano y en el árido pueblo de mi abuela mucha gente enfermaba por causas desconocidas. Cuando ya casi agonizaban les llevaban al hospital. Nomás verlo, los médicos les recluían; venoclisis y dieta blanda. Entretanto, infructuosos análisis. Pasado cinco días el enfermo quedaba en pie sin que se llegase a descubrir qué le había puesto al borde de la muerte. Entonces mi abuela daba el diagnóstico inequívoco: "Este lo que tenía era Hambre"

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1982. Los litros y las onzas ya no son como antes; las abuelas tampoco. Pienso que el cartón de bebida ahora trae menos porque solo me rinde 3 vasos. Cuando chicos, mi abuela sacaba 4 vasos y al día siguiente, 4 más del mismo cartón. El litro de leche nos rendía una semana. Ahora dos días y somos menos. Cuando nos suspendían del colegio por no pagar, ella iba a hablar y nos daban chance. Hubo un tiempo en que los litros eran más grandes y mi abuela era Dios.

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1983.  La sra. Tilcia del pueblo de Atalaya era amiga de mi abuela. Como de chicos, cada verano mi abuela nos llevaba al interior en la primera semana de enero y ya habían pasado las navidades, se me ocurrió mandarle una carta por adelantado para desearle felices pascuas y próspero año nuevo: "Sra. Tilcia, que la pase bien con todos sus seres queridos y los no queridos". Mi abuela me rompió la nota y me regañó, haciéndome escribirla otra vez sin eso de "los no queridos". A los 8 años yo no había entendido que esta clase de franqueza y el reconocimiento de todas las posibilidades eran censurados y reprimidos socialmente. Pero esta no sería la última vez que me cortarían la lengua, ni la última en que volvería a brotarme.

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1984. Éramos pobres y yo amaba leer. Tenía ocho años y un metro de altura y el premio de redacción  era ya casi mío, pero la maestra me pidió eliminar la frase "masas populares". Fruncí el ceño, sentí la castración a mis ideas. "Solo quiero ayudarte" -me dijo. Pero como vio que no me convencía me dijo en el oído: "El premio es en libros". Y gané.
 
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1985. Tenía nueve años y eran mis primeros zapatos de charol. Aquella noche no dormí ni comí contemplándolos desde mi catre, no veía la hora de estrenarlos. Pero aquella noche otro rayo partió a América: el terremoto de México. Al amanecer ya se movilizaban las acciones de solidaridad en todo el continente y no tardaron en tocar a nuestra puerta: "¡Buenos días! Estamos recogiendo ropita y zapatos en buen estado para los niños y niñas de México".

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1986. De chicos, mi abuela nos llevaba al supermercado una vez al mes cuando cobraba su pensión de la zona. Al pasar cerca de las galletas yo miraba con deseo castrado esas galletas Kebler y las galletas Nilla. Era impensable echarlas al carrito. Ahora puedo comprarlas cien veces pero nunca las he comprado en medida de protesta. No sé contra quién o contra qué, no sé si en protesta contra la galleta. Suena desquiciado, lo sé, pero no siempre es patético apiadarte de tu pasado.


Hace poco encontré esta carta en casa de mi madre. Algunas cosas no han cambiado mucho, todavía necesito unos zapatos negros de salir; eso es lo que yo llamo tendencia.




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1987. Cada vez que yo decía algo en contra de la religión, el patriarcado, la propiedad privada o los  gringos, mi madre me volaba una bofetada. Asociadas con mis actos de libertad, pronto las bofetadas comenzaron a gustarme. Ese fue el inicio de mi sadomasoquismo.

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1988. En realidad yo solo quería trabajar en la caja de un supermercado y mudarme con cualquier tipo del barrio, pero mi abuela me dijo que en París había un tal Río Sena que algún día yo navegaría por ella, y mi madre me dijo que en Ginebra había un Palacio de las Naciones cuyas grandes puertas yo atravesaría para contar en otras lenguas las injusticias de nuestra latitud. Nunca les creí.

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1989. Huir de misa, correr a caballo, nadar en el río, robar mangos, hacer fotos, tomar pipa, leer bajo un árbol, comer cocadas, bañarse en la lluvia, ir de jorón en jorón, bailar pindín, asar pepita de marañón, mecerse en una hamaca y recordar las luces de la ciudad. ¡Claro, cómo no iba uno a vomitar!

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En la Navidad de 1989 invadieron el país. Aquí terminó la edad de la inocencia.
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