8/02/2013

Mujeres de mi vida

Ambar
Alguna noche de pobreza con mi hija de seis años en aquel viejo apartamento y después de poco comer, nos acostamos a mirar el techo.
 - Mamá: ¿Por qué será que las personas no podemos ser totalmente felices?
Me reincorporé enseguida para responder con la gran maestría que una pregunta así demanda, pero ella adivinando mis intenciones, me hizo una señal de alto con su pequeña mano:
 - No mamá, yo no pienso que tú sabes la respuesta, yo sólo quería que supieras mi pregunta.

Dioselina
Hoy cumple años una mujer cuyo recuerdo me estremece: la mujer que cuidaba a mi niña (y pienso que también a mi). Era una de las personas más analíticas, sagaces y refinadas que he conocido. A veces me pregunté cómo era que trabajaba para mí y no al revés. Charlábamos muchas horas, cenábamos juntas y nos turnábamos los oficios. Cuando perdí mi trabajo en el gobierno, le dije que tenía que despedirla. Pero Dioselina dijo que me seguiría hasta el fin del mundo, y las dos mujeres partimos juntas a una vida de precariedad que duró varios años. Nuestros ojos brillaban, pero nunca nos vimos llorar. No he vuelto a saber de Dioselina, pero cada 14 de abril brindo por ella.

Manuela
Mi abuela entró a la tienda del barrio y se puso a mirar los periódicos que estaban a la venta. La tienda estaba llena y el dueño salió a regañarla a toda voz: "Oiga doña, pague el periódico si quiere leerlo!" Mi abuela le dijo que ella no lo lo estaba leyendo y él volvió a emplazarla: "Claro que lo está leyendo sin haberlo comprado". Entonces mi abuela le aclaró: "Yo no estoy leyendo joven, porque yo no sé leer, yo sólo estaba mirando los monicongos"... Uf! Casi linchan al tipo por insensible, y mi abuela se retiró sonriendo porque ella era escritora, pero allí nadie lo sabía.

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