Desmontando el arma

No me haré la estúpida, pues no es la primera vez que lo hago. Lo hago siempre y además ex profeso. Cada vez que voy frenando el coche en la fila de ciertos semáforos, se escucha como si montara un arma, más bien cuatro armas: clac clac clac clac. Soy yo poniéndole el seguro a cada puerta. Pero esta mañana mi otra voz me lo ha echado en cara: ¿pero qué haces estúpida? ¿qué es lo que quieres decir con esto? ¿que estos vendedores de limones y los limpiaparabrisas son criminales y corres peligro? oh vamos, si tú misma trabajas con los informes de criminalidad y no has registrado un secuestro, una violación, ni un solo homicidio perpetrado por un vendedor de limones o por un limpia-vidrios. Y si es tan inconsciente por qué no lo haces cuando los chicos y chicas rubias se te acercan a repartir volantes en el semáforo de Calle 50. Y así, cada cierto tiempo me toca pillarme in fraganti con el doble discurso y me toca tomarme a mi misma a cachetadas, por eso siempre llevo las mejillas rojas. Esta tarde cuando me acerque al semáforo de los vendedores de limones sudaré frío. Será la hora de la verdad, la hora de comprobar quiénes son los limoneros, pero sobre todo: quién soy yo. Por las mejillas, lo sabrán todo.
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